Entre tu pueblo y mi pueblo hay la ira y el odio.


Deshacerse mil veces del rencor del pasado con el gesto puede que sea fácil. La palabra unida al pensamiento es otra cosa. Odiar el otro por su otredad convierte todo lo que no somos nosotros en una batalla contra el viento huracanado. Casi parece sencillo actuar contra esos odios y esas iras si nos olvidamos de forma consciente de quienes somos. En esa vida contrariada por el constreñimiento de ser incapaces de no condenar lo distinto aparecemos montados en la soberbia egolatrica que al paso anuncia que estamos lejos de ser algo humanos.

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